"-La vejez no se cura." y las palabras se enfilan simulando un garrote que dará un golpe seco en la nuca (mi nuca, auch!) dicho en porteño -además- y a los gritos en la mesa de atrás mientras almuerzo.
Ay mi dios ¿por qué me persiguen las alusiones a la decrepitud adonde quiera que vaya?
Nunca mejor sintetizado: con la vejez no se juega porque esa no se cura.
Si a eso yo ya lo sé ¿por qué los hados se empeñan en recordármelo -en sonido estereofónico y a través del chirrido de una vieja que es porteña, además-??
En fin, no pude menos que reirme, especialmente estando sentada enfrente de un amigo al que hacía diez años que no veía y quien -a pesar de que yo me había deshecho en halagos del tipo: "pero qué bien que te sienta la edad, estas mejor que una década atrás, etc..."- no se dignó a decirme -siquiera una sola vez- que yo también estaba igual!!!!! (el consuelo es -al menos- saber que mantengo la misma estampa, porque de lejos cuando nos encontramos me levantó la mano, en señal de reconocimiento).
Más allá de los chistes propios entre dos amigos que se conocieron mucho y que el tiempo y las distancias separaron, es bueno saber que la conexión persiste y que te divertís tanto o más que antes (por no decir "ayer" que suena a tango del tipo "las nieves del tiempo platearon (tu) sien" porque la mía seguro que no) con esas personas que no ves seguido pero que supieron hacerse un lugarcito entre tus afectos, y eso reconforta.
Porque a pesar de que ni me dijo que estaba igual y que me he descubierto mentirosa con la película que yo me cuento de mi pasado "-sos una negadora" me dijo entre carcajadas, cuando le juraba que no recordaba algunos episodios de mi juventud-.
Verlo me hizo bien, son de esas cosas que rejuvenecen porque la vejez no se curará, pero que el alma se sana, siempre se sana (al menos mientras se tengan las facultades no tan alteradas como para reconocer que los afectos genuinos siempre te alimentan y si te hacen reír mucho, mejor).
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