3 nov 2010

Inventora

Y una vez me inventé un deseo.
Y otra vez ese deseo sirvió para movilizar. Y después creció, y pareció que el invento era de veras. Y más tarde fue como que me tragaba, y un cachito después como que me escupía.
En el medio me había -eso sí- masticado.
Y así, masticada y escupida -pero de mentira, no olvidemos que todo era un invento- me pareció que no iba a poder.

Pero ahí me inventé unas ganas. 
Y las ganas fueron grandes, y las ganas fueron fuertes. 
Gánica anduve tratando de aporrear a ese invento de deseo que por inventado era bastante terco.

Terca me puse, pero ahí vino la disciplina -esa siempre aparece sin que la llamen- y me explicó que el deseo era inventado, y que los inventos no se rebelan porque son inventos y no existen. 
Y entonces ya toda confundida me puse a pensar así: si todo este desvelo había sido -en realidad - por un invento terco y desubicado no había por qué seguir estando tan gánica. 

Pero las ganas no se iban,  por suerte, porque por gánica es que hoy ando en la vuelta, que si no ni de la cama me levanto, no.

Moraleja: rescato la invención que de deseosa me llevó a gánica, y de gánica a cándida ya que por cándida me ando inventando deseos que me dan ganas que me levantan de la cama!

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